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Romería sin penitencia

Los de cierta edad siempre conocieron estas fiestas como romerías. Simplemente. Ahora se denominan “fiestas de prau” o aún “de prao”, que dicen los más finos. El caso es que, se llamen como se llamen estos acontecimientos, Gijón/Xixón fue siempre un municipio muy dado a lanzarse a carbayeras, praderías y espacios abiertos en general para celebrar cualquier cosa a ritmo de tambor y gaita y al amor de la sidra y la espicha bien provista de su empanada, su tortilla, sus chorizos a la sidra y, desde luego, sus huevos cocidos. Primero comer y beber. Después bailar. Se cuenta, y parece que la cosa está documentada, que en las primeras décadas del siglo XX la romería de Granda era una de las reputadas y multitudinarias hasta el punto de que algunas familias empeñaban los colchones con tal de disponer de unas perras que gastar en el festejo.

La cultura festiva popular ha salvado de la desaparición a las romerías y no hay asociación de vecinos sin comisión de festejos que se pase el año montando rifas, barracas, sorteos y otros métodos que permitan recaudar fondos suficientes para traer la mejor orquesta de los alrededores o lanzar un castillo de fuegos artificiales de muchas almenas.

Dentro de nada llegará el verano y cada fin de semana habremos de peregrinar de una parroquia a otra y también a los barrios urbanitas en busca de la obliga diversión, ya sea sobre hierba o sobre asfalto, que la romería no es patrimonio únicamente rural. Para que se hagan una idea hay organizadas más cuarenta fiestas y romerías entre el 1 de mayo y el 4 ¡de diciembre! Como lo oyen. El afán por la folixa no conoce los obstáculos del invierno y echa mano en otoño de las castañas y la sidra dulce para festejar a santos y santas.

Y es que el verano en Gijón/Xixón es muy largo y con muchas fiestas. Las que son fijas y de “interés general”, las que se organizan desde las consistoriales, se suman a las pequeñas celebraciones de barrios y parroquias haciendo que la agenda festiva sea de una longitud e intensidad casi inabarcable. Sin embargo, casi de milagro, el personal llega al final del verano sin pasar por graves quebrantos y desmintiendo el dicho de que “el queva de romería se arrepiente al otro día”

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